La importancia de las historias

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Las historias llevan siglos, y me atrevería a decir milenios, en nuestra cultura. En mayor o menor grado hemos comunicado a través de la palabra sucesos nuestros o ajenos, reales o fruto de una imaginación latente, con gran entusiasmo o una desidia nada envidiable. Las historias son la reconstrucción de un hecho, un suceso, y eso, querido lector, tiene más que ver con la vida y la forma de vivirla de lo que puedas imaginar.

Contar historias nos obliga a comprender el hecho, el porqué actúan así los personajes, que les motiva, por qué sucede lo que sucede. Todo esto mientras fomentamos nuestra empatía y nuestro criterio, mientras nos cuestionamos no solo lo que contamos, sino lo que no contamos porque no sabemos. Comprensión y curiosidad. 

Por otro lado, escuchar historias potencia la imaginación y la memoria, entre otras cosas que dejamos para líneas más abajo. ¿Podemos decir entonces que todo niño debería alimentar su cabecita de historias? Lo vemos.


Las historias y los niños: una fuente de recursos

Quién no recuerda haber estado sumido en un cuento fantástico antes de dormir. Quién no celebró la victoria por los tres cerditos, soñó con la casa de chocolate de Hansel y Gretel, quiso encontrar las judías mágicas o se imaginó cómo de largo debió ser la melena de Rapunzel para que el príncipe pudiese trepar por esa enorme torre.

Mientras un niño lee o escucha un cuento, no solo oye palabras, sino que se las imagina. Construye una realidad, la suya; porque a pesar de que los cuentos suelen tener muy pocas variantes escuchados por unas voces o por otras, cada niño tiene su propia versión. ¡Vaya, este pequeño ser ya tiene su propia concepción del mundo! Un mundo donde el lobo tal vez tenga voz de pito, donde la abuelita vestía como una trapera o donde Rapunzel tenía el pelo rizado.

Por otro lado, como a los adultos, genera una curiosidad latente donde el niño o la niña quieren saber más. ¿Acaso Caperucita no podía haber tomado otro camino? ¿Por qué dos de los tres cerditos eran tan vagos? ¿Y si las judías mágicas están en el bote de legumbres de casa? Más información es igual a más poder de decisión. Aumentar la creatividad y la capacidad de análisis de un niño quizás sea una tarea ardua cuando se preguntan el por qué de todo cada cinco minutos -a veces menos-, pero a la larga serán resolutivos e independientes, capaces de resolver sus propios problemas de maneras originales y prácticas.


Inspiración, mensajes y mitología

La literatura inspira. Ponerte en los zapatos de alguien -como en los de Dorothy en El Maravilloso Mago de Oz- construye un sentido, nos revelan cómo afrontar las adversidades (el clásico nudo narrativo) y nos da las herramientas para no desistir. Ramon Llull explica que “la palabra ayuda a comprendernos, trenzar historias nos unen y dan sentido a la vida”. Si la vida no tiene sentido en por sí misma, le damos sentidos con nuestras realidades, porque historias hay en cada rincón del mundo, basta con que alguien mire. 

Es este sentido el que es alimentado por los mensajes, las moralejas, el resultado. ¿Qué se puede aprender de lo escuchado o lo leído? Los griegos ya lo hicieron con su mitología, donde la religión se convirtió en filosofía, la filosofía en ética y la ética en educación. Porque leer es eso: es educar, es ampliar, es conocer y es recapacitar. Es, al fin y al cabo, hacernos más libres.

 

De la imaginación a lo tangible

Imagina a tu yo de cinco años con Don Quijote entre sus manos. Un bosque de letras y palabras probablemente incomprensibles agolpandose en 1500 páginas sin ninguna referencia visual, salvo la portada, si acaso. Hubieses huído de la lectura tanto que lo máximo que leerías hoy serían tweets de 240 caracteres. 

 

No es raro -y lastimosamente cada vez más común- ver a niños enfrascados en pantallas móviles mientras los adultos, ajenos, hacen sus tareas cotidianas sabiendo que su niño o niña está absorto en algo, sin molestar. Porque la imagen es sencilla, la imagen te quita el trabajo de desencriptar el mensaje, recurrir a tu imaginario y reproducir tu propia obra en el cerebro. La imagen es un atajo. ¡Y ojo! La imagen no es mala, siempre y cuando no dejes que se atrofie el resto del sistema. ¿Cómo? Cambia la pantalla por un libro, pero no un libro cualquiera.

Las novelas y cuentos ilustrados siempre han estado ahí, para los más pequeños, y no es casualidad que los niños y niñas sigan abogando más por ver los dibujos de la tarde que ojear un cuento, porque la primera opción le da experiencia completa: imágenes en movimiento, sonidos e interpretación de la trama. Pero hay algo con lo que -de momento- las pantallas no pueden competir: los libros pop up; un laborioso trabajo de arquitectura en papel recogiendo una aventura fascinante. Algo que se toca, se huele, tiene profundidad y, por qué no decirlo, es lo más original que puede tener un niño hoy en día dadas las circunstancias.

Huye de twitter, de las pantallas y hasta de Don Quijote (unos años) e introduce a tus pequeños a la lectura por la puerta grande. Fácil, dinámico, palpable y divertido. Adiós a los cables, al “me he quedado sin batería” y a los ruidos estridentes. Cada cosa a su tiempo y hoy es tiempo de leer.

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